Copyright © 2000 Marisa Montes

Publicación de Contra Costa Times – TimeOut – Miércoles, 20 de Diciembre, 2000

  • Solo y lejos de su hogar el pequeño Gobi descubre la alegría de dar.


Cuento de Marisa Montes
Traducción libre autorizada de Beatriz Carballo


Ilustraciónes de Sara Wilson



Ilustraciónes copyright 2000 by Sarah Wilson

El Camello De Navidad

      Hace más de dos mil años, en los desiertos de Oriente y Arabia, se viajaba a pie o a camello.  Había dos tipos de camellos. En Arabia vivían los camellos de una sóla joroba y en Oriente vivían los de dos jorobas.  Gobi Kazaam era un camello de dos jorobas.

      Un día, cuando Gobi era muy jovencito, su madre lo atrajo hacia sí y le dijo: “Gobi, el Rey ha ordenado que te demos al Rey Baltazar de Arabia como regalo.”

      Gobi, que amaba la aventura empezó a bailar alegremente.  ¡Arabia! Debía estar muy lejos, pues él nunca había oído hablar de Arabia. Como le gustaba ir en largas caminatas, preguntó: “¿Cuándo nos vamos mamá? ¿Cuánto tiempo nos tomará llegar?  ¿Regresaremos alguna vez?”

      La mamá de Gobi lo miró con sus grandes ojos castaños llenos de lágrimas, y le dijo: “No, Gobi, nunca regresarás. Y vas a ir solo, porque yo no puedo ir contigo.”

      Gobi paró de bailar y contempló a su mamá. “¿Solo? Pero . . .” “Calla Gobi y escucha bien:  tú vienes de un linaje de camellos nobles, sé siempre orgulloso de quien eres y mientras seas bueno y amable con los demás, serás el orgullo de tu familia. Nosotros siempre estaremos contigo”.

      El joven Gobi levantó la cabeza y contuvo las lágrimas.  “Lo haré, mamá. Te sentirás orgullosa de mí”. “Sé que lo harás Gobi, y sé que serás valiente. Aquí tienes tres regalos para ayudarte en este viaje”.

      Primero la mamá de Gobi le dió una fina manta de lana de colores brillantes. “Esta manta la usó tu padre, su padre y el padre de su padre, antes que él. Te mantendrá caliente en las noches frías del desierto.”

      Luego le dió una brillante cajita de cobre para colgarla de su oreja. “Esta cajita contiene un ungüento que sana todas las heridas; te podrá curar cuando lo necesites”.

      Finalmente se quitó una pesada campana de plata y la puso en el cuello de su hijo.  “Esta campana fue de mi madre, su sonido musical te dará ánimo y alegría”.

      Así la madre de Gobi lo despidió frente a la caravana que lo llevaría a Arabia, muy lejos del  hogar.

 

      El viaje a Arabia fue largo y duro.  Un quemante sol alumbraba sin descanso y la gruesa arena que traían los vientos del desierto azotaba fuertemente. La única cosa que lo mantenía adelante en el camino era el delicado tilín-tilán de la campana de su madre y la radiante imagen de su cara grabada en la memoria de Gobi.

      Varias semanas le tomó a Gobi llegar al palacio del Rey Baltazar. Pero cuando llegó no fue bien recibido. “¡Un camello con dos jorobas!” Los otros camellos se rieron y se burlaron cuando Gobi  pasó.  Y cuando levantó la cabeza y dijo:  “Yo soy un camello noble, mi familia es de noble linaje,” los otros camellos renegaron, gruñeron y escupieron, como acostumbran a hacer los camellos.

      Incluso los ayudantes del establo se rieron de las dos jorobas de Gobi, y al Rey Baltazar se le  vió mover la cabeza y sonreír incrédulo ante el extraño regalo.

      “Yo te prometo, mamá”, Gobi se dijo en voz baja,  “que sobresaldré y te sentirás orgullosa de tu hijo.”

      Una noche fría en que Gobi caminaba por el desierto — y lo hacía a menudo para escapar de las burlas — se encontró con una anciana. Estaba echada en la arena y él la miró y no supo si estaba viva o muerta. Gobi la tocó y la anciana se dió vuelta y lo miró: “Me perdí y ahora me estoy congelando, ¿me podrías ayudar a calentarme y luego llevarme a casa?”.  Sin dudarlo un segundo, el pequeño camello dejó caer la manta de su padre para cubrir a la anciana y llevarla a su hogar  — una tribu de nómadas.  Pero cuando su gente la levantó del suelo estaba dormida y envuelta en la manta, y Gobi la dejó que se quedara con ella. Gobi tenía pelo largo y abundante y la anciana nada tenía que cubriera su cuerpo. Por eso necesitaba la manta más que él. Además, él todavía tenía dos regalos como recuerdo de su madre.

      Otro día en que Gobi viajaba solo en una misión del Rey, se encontró con una paloma blanca tirada en el suelo. Gobi la examinó y descubrió que tenía el ala y la patita rotas. Se agachó y le dijo que tomara con el pico la cajita que estaba en su oreja y se frotara con el ungüento.

      Con mucho trabajo la paloma lo hizo y pronto se pudo sentar. Como no estaba totalmente curada, Gobi le dió el resto del ungüento y siguió su camino. Gobi era fuerte y saludable; la paloma no.  Ella necesitaba el ungüento más que él.  Además él todavía tenía la campana de su madre para recordarla .

      Muchos meses después, Gobi viajaba en una caravana hacia una lejana ciudad cuando se encontró con un pastor y su pequeño hijo. El niño estaba llorando — su cara hinchada, contraída — y su madre parecía  no poder consolarle.  Pero cuando Gobi se acercó y el tilín-tilán de la campana de plata llenó el aire, el niño se calló y se quedó contemplando la campana como hechizado.

      El pequeño sonrió y apuntó a la campana. Gobi se paró y cesó el sonido. Entonces el niño lloró. Nuevamente Gobi movió la cabeza y la campana sonó alegremente otra vez.  El niño calló y sonrió. Sus grandes ojos tristes, todavía llenos de lágrimas, le recordaron a Gobi los ojos de su madre la última vez que la vió.  Gobi quería que el niño se sintiera feliz, y por mucho que amaba su campana agachó la cabeza y la dejó caer en las manos extendidas del pequeño.

      El niño hizo sonar la campana y se rió. El sonido de su risa se mezcló con el tilín-tilán de la campana llenando de alegría el corazón de Gobi. La campana era el último regalo de su madre. Pero el niño la necesitaba más que él, porque Gobi ya tenía su corazón lleno de la risa del niño y del sonido de la campana.

      Los otros camellos se mofaron de él por ser tan tonto, al dar la última cosa que tenía de su madre a un niño extraño, pero él los ignoró así como los había ignorado por meses.

      Algún día . . . algún día, tendría oportunidad de probar que hizo bien.

 

      Muchos años después cuando Gobi había crecido, el palacio se llenó del rumor de una profecía. El sabio Rey Baltazar sabía lo que se había dicho hacía muchos años y sabía también que dentro de poco la profecía se cumpliría: el Rey de Reyes nacería en una tierra lejana y los más grandes reyes viajarían a rendirle tributo y a llevarle regalos. Uno de estos reyes sería Baltazar mismo. Y  seguirían una estrella — una estrella brillante — que los guiaría. . .

      Esta es mi oportunidad, pensó Gobi. Yo llevaré al Rey Baltazar en el viaje a Judea. Lo  llevaré sano y salvo para honrar al Nuevo Rey.  Esta es mi oportunidad de demostrar quien soy y hacer que mi madre se sienta orgullosa de mí. 

      Cuando Gobi ofreció sus servicios al Rey, todos se rieron, incluso el Rey, quién miró a Gobi de arriba a abajo y movió la cabeza en señal de duda. Pero Gobi se mostró seguro y lleno de orgullo. El rey lo miró de nuevo: “Hay algo muy noble en ti, Gobi. Tú eres más bajo que mis otros camellos y tienes dos jorobas en lugar de una, pero eres más firme y fuerte y viniste de lejos para servirme. Te daré la oportunidad.”

      De  esa manera fue que Gobi Kazaam se hizo el camello líder del Rey Baltazar cuando el gran Rey Sabio de blanca barba comenzó su jornada cruzando el desierto, siguiendo la Estrella Brillante de Oriente. Este viaje tomaría varios meses; cientos de millas en un desierto árido y arenoso.

      Después de varias semanas el Rey Baltazar se encontró con el Rey Melchor de Etiopía y tras  otro largo tiempo, con el Rey Gaspar de Oriente.

      En un momento del viaje, se advirtió a los Reyes que debían regresar. Estaban entrando a tierras en guerra, donde podían ser heridos o tomados cautivos. Mientras decidían qué hacer, una paloma blanca bajó del cielo y habló con Gobi:

      “No tengas miedo, viejo amigo, y continúa el viaje; por donde tú vayas habrá paz.” Gobi reconoció a la paloma que él salvó tiempo atrás.  Confió en ella y aconsejó a los reyes seguir adelante. Así lo hicieron, cruzando país tras país, y donde quiera que fueron había paz.

      Pero fueron tan lejos, que les empezó a faltar comida y todavía quedaban muchas millas por recorrer. Cuando casi estaban dispuestos a desistir de continuar el viaje, llegaron a una tribu de nómadas. A la cabeza de la tribu había una anciana.

      Tan pronto la mujer vió al camello con dos jorobas corrió hacia él y abrazándole le dijo:  “Querido amigo, cuanto tiempo sin verte, ¿puedo hacer algo por tí?  Lo que necesites será tuyo”.  Gobi la reconoció. Era la anciana que él salvó aquella fría noche, años atrás. Entonces le dijo lo que necesitaba y los nómadas llenaron sus canastos de alimentos suficientes para llegar a Judea.

      Gobi y los Tres Reyes continuaron el viaje, pero no tardó mucho tiempo antes de que descubrieran que se quedaban sin agua.  ¿Dónde encontrarían agua para beber en este vasto y árido desierto?  Seguidamente escucharon un delicado tintinear, un sonido como de una caída de agua sobre las rocas. A distancia vieron un rebaño de ovejas pastoreadas por un pequeño niño que llevaba una campana de plata.

      Cuando se acercaron, el niño miró con asombro al camello de dos jorobas y se preguntó.  “¿Podrá ser?” El niño sonrió y tocó la campana. ¡Sí! Gobi y el niño se reconocieron.  Este era el niño que lloraba de tristeza años atrás.

      “Querido camello, ¿puedo hacer algo por ti?”  Gobi le dijo que necesitaba agua.  El niño era ahora un pastor y conocía bien esa parte del desierto. Les llevó a un oasis que tenía suficiente agua para llenar los cántaros de los Reyes y así poder llegar a Judea.

      Por muchas noches, Gobi y los Reyes siguieron la estrella hasta que al fin llegaron a Belén. La estrella se seguía adelantando hasta que paró sobre un pequeño establo.

      Llevando oro, mirra e incienso los Reyes desmontaron de sus camellos y entraron al establo.  Allí encontraron a un hombre y a una mujer cuidando a un niñito que descansaba en un pesebre de pajas. A pesar de la humildad del lugar, los Reyes se quedaron maravillados y cayendo de rodillas, bajaron la cabeza y le adoraron. Sus regalos los entregaron como homenaje.  Para ellos, sobre la paja yacía el más grande de los Reyes — El Rey de los Judíos.

      El Corazón de Gobi Kazaam latía de júbilo, porque sabía que su bondad y su desprendimiento habían ayudado a traer a los Tres Reyes para honrar al nuevo Rey.

      Gobi sintió la presencia de su madre porque era digno de su confianza y su orgullo.

 

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Revised: 18 Aug 2006 18:14:28 -0400 .